Caballero de fina estampa

Hay libros que se leen en el momento en que hay que leerlos, y hay otros que no, llegan tarde, o demasiado temprano. Nunca supe muy bien distinguir cuando algo es literatura, o no lo es. Los libros me gustan o no me gustan, me conmueven o me resultan indiferentes, puede ser desde tonta poesía, hasta cuentos de fútbol, novelas juveniles, o libros de filosofía. “El caballero de la armadura oxidada”, de Robert Fisher, es de esos libros que he leído en el momento en que hay que leerlos. Es una pequeña fábula sobre un caballero “que vivía en una tierra muy lejana, hace ya mucho tiempo. El caballero hacía todo lo que suelen hacer los caballeros buenos, generosos y amorosos. Luchaba contra sus enemigos, que eran malos, mezquinos y odiosos. Mataba dragones y rescataba damas en apuros.


El caballero era el número uno del reino, se pasaba el tiempo ganando batallas, matando dragones y rescatando damas en apuros. Tenía una familia, compuesta por su mujer, Julieta, y su hijo Cristobal. Pero el caballero los veía poco, “cuando no estaba luchando en alguna batalla, estaba ocupado probándose su armadura y admirando su brillo. Con el tiempo, el caballero se enamoró hasta tal punto de su armadura que se la empezó a poner para cenar, dormir, hasta que ya ni se tomaba la molestía de quitársela para nada”.


Un día la mujer le dice: “creo que amas más a tu armadura de lo que me amas a mí”. El caballero reacciona, intenta sacarse la armadura, pero no puede, ya es parte de su cuerpo.


Le pide ayuda al mejor herrero del pueblo, el más fuerte, pero no hay caso. Decide entonces emprender un viaje para encontrar quien pueda ayudarlo a quitarse la armadura.


En ese recorrido, al primero que se cruza en el camino es al bufón del rey, quien le dice “A todos, alguna armadura nos tiene atrapados. Sólo que la tuya ya la has encontrado”, y le sugiere que el único que lo puede ayudar a quitársela es el mago Merlín.


Comienza un largo peregrinaje a traves del bosque, buscándolo a Merlín. Sufre , no está preparado para sobrevivir entre tanta naturaleza. Luego de mucho trajinar, se encuentra con el mago:


- Lo he estado buscando – dice el caballero-. He estado perdido durante meses.

- Toda tu vida lo has estado – le contesta el mago.

- No he venido hasta aquí para ser insultado.

- Quizás siempre te has tomado la verdad como un insulto – le dice Merlín.

- (…)

- Sos muy afortunado, estás demasiado débil para correr.

- ¿Y eso qué quiere decir? – pregunta el caballero.

- Una persona no puede correr y aprender a la vez.


El caballero no tiene fuerzas para contestar, se encuentra agotado, con mucha sed. Merlín le ofrece un extraño líquido:


- ¿Qué es? – pregunta el caballero.

- Vida.

- ¿Vida?

- Sí -contesta el mago-. ¿No te pareció amarga al principio y, luego, a medida que la degustabas, no la encontrabas cada vez más apetecible?

- Sí, los últimos sorbos resultaron deliciosos.

- Eso fue cuando empezaste a aceptar lo que estabas bebiendo.

- ¿Estás diciendo que la vida es buena cuando uno la acepta? -preguntó el caballero.

- ¿Acaso no es así? -replicó Merlín, divertido.

- ¿Esperás que acepte esta pesada armadura?

- Ah -dijo Merlín-, pero vos no naciste con esa armadura.


El caballero continuó en el bosque, poco a poco se fue haciendo amigo de pájaros, ardillas, hasta que de pronto lloró:


- Con esas lagrimas, diste el primer paso para liberarte de la armadura -explicó Merlín-. Es hora de que te vayas.


El caballero no sabía para donde ir. Merlín le explica que si quiere quitarse la armadura, debe recorrer el sendero de la verdad, que se irá volviendo cada vez más empinado a medida que se acerque a la cima de una lejana montaña. En el camino, deberá cruzarse con tres castillos: el primer castillo de nombre “silencio”; el segundo “conocimiento” y el tercero “voluntad y osadía”.


El recorrido lo hace junto un pájaro y una ardilla. Poco a poco comienza a entenderse con los animales, a conversar con ellos. La ardilla le dice:

- El castillo del silencio está justo detrás de la próxima subida.

El caballero se siente decepcionado, esperaba una estructura más elegante, y el castillo del silencio es pequeño, sin nada llamativo.

- Cuando aprendas a aceptar en lugar de esperar, tendrás menos decepciones -le dice el pájaro.

- Estoy empezando a pensar que los animales son más listos que las personas -contesta el caballero.

- No creo que esto tenga nada que ver con ser listos. Los animales aceptan y los humanos esperan. Nunca oirás a un conejo decir: “Espero que el sol salga esta mañana para poder ir al lago a jugar”. Si el sol no sale, no le estropeará el día al conejo. Es feliz siendo un conejo.


STOP.


Hasta aquí llega mi resumen del relato, la historia de como el caballero finalmente logra quitarse la armadura. Podría continuar, contarles todas y cada una de las peripecias del caballero en el sendero de la verdad, o incluso podría inventar brillantes teorias sobre magos, caballero, animales.


Pero mi intención -sana, por cierto- es que alguno de ustedes lea este libro, así que les pido disculpas, pero no les contaré el final. Tampoco voy a caer en lo que Ranciere llama “el velo que el sistema explicador pone sobre cualquier cosa simple”.


“El caballero de la armadura oxidada” no se trata, precisamente, de un libro que me haya resultado indiferente. Y si usted, amigo lector, está esperando alguna conclusión, algo que traiga luz sobre este bonito libro, no olvide que eso es esperar, actitud típica de los humanos.

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