Mi bobe

Nada más mentiroso que una autobiografía. Los recuerdos se viven o se sueñan, aunque luego se distorsionan con la propia mirada, a veces condescendiente, a veces tiránica. Esa mirada funciona cual diario del Lunes, recordando gambetas y olvidando patadas, o peor, recordando patadas y olvidando gambetas.


Pero de una u otra forma, la autobiografía no deja de ser un simple relato, por más bello que sea. No importa lo verdadero, importa lo verosímil. Así somos los humanos, nos gusta creerle al que cuenta, más aún si el cuento empieza con la palabra “yo”.


Yo, Andrés Lewin, he aprendido en las películas sobre la mafia, que “el que avisa no traiciona”. Aviso entonces: lo que van a leer a continuación es pura ficción. Mi propio recuerdo, real o inventado, quien sabe.


Voy a contarles una ínfima parte de lo que soy, como si tuviera la capacidad de observar en el microscopio una de las gotitas de sangre que circulan por mis venas. Una sola, bien pequeña, como son todas las gotitas.


Esta gotita es la raíz desde donde crece el árbol de mi escritura. En la gotita, y para no aburrirlos y contarles sobre el siglo XVII, aparece mi bisabuela. No voy a decirles su nombre, no porque no lo sepa, sino porque cuando ayer estuvimos charlando en la nube, me recordó que ella es pudorosa y no le gusta la fama. Mi bisabuela escribía poesía en un diario en Idish.


En la gotita también aparece mi bobe Masza. Artista, dibujante. Mucho más pudorosa que mi bisabuela. Tanto que sólo ella y yo sabemos que fue artista.


La semana pasada, fui a la casa de mis padres a buscar un libro que leí de pequeño, de Laura Devetach. La cuestión es que estoy tratando de aprender a escribir mejor, entonces intento leer mucho, más aún lo que leí de niño. No lo encontré al libro, pero revolviendo entre las miles de cajas que aún guardan mis padres, encontré “LA” caja.


“LA” caja estaba llena de dibujos que mi abuela pintó de niña cuando aún vivía en Polonia, antes de venirse a la Argentina a sus 11 años.


Como muchos inmigrantes que escapaban del hambre de Europa, mi abuela se vino con muy pocas pertenencias, tan sólo lo que podía guardar en su mínima valija de cartón. Entre las muy pocas pertenencias, eligió sus dibujos.


Pudo haber traído más ropa, o algún juguete, o elementos de utilidad como hilos y agujas de coser, lo que sea, pero eligió sus dibujos, que estuvieron guardados por muchos años hasta la semana pasada.


Los artistas son así, el arte por sobre todas las cosas. Y hoy día, mientras escribo esto que escribo, yo sé, porque lo sé, que mi abuela sigue dibujando en cada una de estas palabras.


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