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El tacagol



El niño Andrés jugaba al ajedrez una vez al mes. Dos veces al mes jugaba a la Rayuela. Tres veces jugaba al Tutti-Fruti con su hermana Diana. Y casi todos los días, jugaba al Tacagol. ¿Qué es el Tacagol? Es un juego de fútbol, donde los jugadores son unas fichas redondas que se disponen sobre el piso y la pelota es un botón. Sí, como los botones de las camisas.


Había veces que Andrés jugaba contra su amigo Julián, pero por lo general jugaba sólo, moviendo las fichas de los 22 jugadores. Era local y visitante. Organizaba campeonatos, armaba las tablas de goleadores, había ascensos, descensos, hasta se encargaba de los relatos. Era árbitro, dios y jugador a la vez.


En River jugaban el Negro Enrique, Ruggeri, Alzamendi, más algún que otro amigo del colegio, como Maxi Caripelas que jugaba de cuatro. Y en Boca estaban Comitas, el Loco Gatti, y con la siete jugaba Andrés. Que era el goleador, por supuesto.


Por uno de esos milagros que sólo pueden ocurrir en la habitación de algún niño, ese año Sacachispas había ascendido a primera división. Era un gran equipo el de Sacachispas, el mejor de su historia. Tenía un mediocampo muy fuerte, con la cinco jugaba Periquito Martinez, con la diez el Cotorra Medina, y de ocho la estrella del equipo, Carlitos Gaviota Morales. Volaba ese medio, con Gaviota que iba y volvía por la derecha, iba y volvía. Era todo lo que sabía hacer en la vida, ir y volver, ir y volver. Se juega como se vive, y así vivía Gaviota, yendo y viniendo.


Se levantaba todos los días bien temprano, a las seis de la mañana, y salía a repartir abrazos por el barrio. Volvía para almorzar con la madre, dormir la siesta, luego se iba a hacer los mandados, volvía para agarrar los botines, y de nuevo salía para ir al entrenamiento. Los días eran todos muy parecidos para Gaviota, salvo cuando había partido.


El miércoles 24 de junio de 1987, Sacachispas jugaba contra Boca, el puntero del campeonato. Boca era el equipo de Andrés, el favorito de todas las apuestas. Se juega como se vive, y de tanto “dir y venir”, ese día Gaviota fue y no volvió. Arrancó de ocho bien abierto a la derecha, le pasó la pelota a Periquito, que se la devolvió, y ahí Gaviota empezó a correr y correr, hasta que levantó vuelo y pluf, ni rastros suyos en la cancha -o la pieza, como ustedes prefieran-.


Gaviota siguió volando y volando, días enteros volando. Hasta que un día volvió. Y no era porque lo extrañaba a Andrés, o porque en esa pieza sucedan milagros, sino que es mucho más simple: Gaviota era un pájaro, y los pájaros vuelan porque saben de regresos.


Andrés Lewin

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