De este lado del brillo


Esta es la historia de la paloma mensajera que más le gustaba volar entre todas las palomas del mundo entero. Volaba, volaba, tanto y más también. Kilometros y kilómetros, de aquí para allá, y al otro lado. Y para no aburrirse en los viajes, un día empezó a cantar.


Cantaba canciones lindas, feas, alegres y tristes. Le agarró el gustito a la cosa, se dio cuenta de que cantando se le hacían más livianos los trayectos, se divertía… bahh, ¡la pasaba bien nomás!


Descubrió que, mientras cantaba, cierto brillo la envolvía. Le gustaba el brillo, ser la más luminosa entre todas las palomas del universo. Pero también le pasaba que, si se daba cuenta que le observaban su brillo, se ponía bastante rara.


Le gustaba que la miren, pero no le gustaba. Quería cantar cada vez más y que la miren y miren, pero no quería que la miren. Quería viajar y volar por todos los lados de los lados, pero no quería viajar, sólo quería estar en una rama con su palomo amado.


Le encantaba que el amado palomo la deje volar, no le corte sus alas. Ser independiente de toda dependencia. Aunque también le gustaba cuando el palomo le preguntaba sobre cómo le fue en sus vuelos, si necesitaba algo para volar más alto, o si quería volar más bajo, o que es lo que quería.


De tanto “dir y venir” por los aires llevando mensajes, empezó a encariñarse con las palabras, se hizo amiga. Se preguntó qué pasaría si, ya que le gustaba cantar y llevar palabritas de un lado al otro, que pasaría si, además, las cantaba a esas palabritas en lugar de llevarlas atadas a las patas.


Empezó a cantar cada vez más y más. El brillo que la envolvía, de tan brilloso que era, había veces que la hacía olvidar que la observaban, y como en esos momentos no le importaba nada lo que pasaba del otro lado del brillo, cantaba muy muy fuerte, y suave también.


Un día, como jugando, escribió ella una cartita, y en vez de ponerla debajo de las patas para llevarla por los mundos, probó de cantar el mensaje -su mensaje-. Le gustó mucho lo que le pasaba en el cuerpo al cantar sus propias palabras, pero como ella no era escritora, no volvió a intentarlo, si ya había mensajes tan lindos en el universo, para que gastarse.


Pero las palabras palabritas, de tan rebeldes que eran, no le hicieron caso, la siguieron buscando. Ella les decía que “no, no soy escritora”. Las palabras insistían, querían ser cantadas por la paloma que más le gustaba volar entre todas las palomas del mundo entero. Las palabras, caprichosas ellas –toda rebelde es, de algún modo, caprichosa-, sabían que iban a salirse con la suya, que iba a llegar el día en que la susodicha paloma las cante con fuerza y con brillo.


Las palabras tenían veces que se ponían malitas. Eran réquete buenas esas palabras, pero eran palabras niñas, y las niñas son niñas y a veces se ponen malitas de puras caprichosas que son.


Otro día, las palabras niñas le dijeron “ajaa, vos no querés cantar, bueno, vas a ver que cuando quieras salir de tu rama, te vas a poner durita, no vas a poder moverte.”


La paloma siguió con sus cosas pero, dicho y hecho, en uno de sus viajes llevando mensajitos por los lados, se quedó dura y no pudo moverse del dolor.


Andaba distraída la paloma, y en el momento no registró que le estaban hablando. Se seguía diciendo a sí misma “yo no soy escritora, no puedo cantar mis canciones, le faltan brillo y a mí lo que más me gusta es estar adentro del brillo, me protege.”


Las palabras entendieron que la acción directa no era el mejor modo de guerrilla, que mejor dejarla hacer, que solita un día se iba a dar cuenta. Empezaron a jugarle, a bailarle cada vez más cerca a la paloma, a ver si un día se daba cuenta que ellas estaban ahí, listas y preparadas.


El día llegó… la paloma se levantó como todos los días, fue hasta la ventana del gimnasio para hacer ejercicio, saludó al río al mediodía, hizo todo como si fuera un día más. Pero no lo era. Ese fue el día en que simplemente, tan sólo simplemente, dejó de decirse que no. Y cantó y escribió. Y las dos cosas juntas y a la vez. Y se divirtió con lo que estaba sucediendo. Y no sabía si el brillo de las canciones era suficiente para protegerla. Pero no le importó.


Autor anónimo


(Investigadores de la Universidad de Salamanquerai tienen la sospecha que las iniciales del autor son A.L. , pero aún no tienen certezas al respecto. A estar atentos… )

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